Aún teniendo la lamparita de la mesita encendida, descubrí aquello que tanto anhelaba, avergonzada en un rincón. Acurrucada, la encontré en la semioscuridad de aquella habitación improvisada en un viejo desván. Allí estaba, la esperanza que hace años se perdió entre los sonidos y los grises de un invierno quizá demasiado largo. Aquella que un buen día se largó sin avisar, sin dar las gracias, sin siquiera despedirse. Encontré una chispa, un puñado, un frasquito de ella. Era poca, y quería aprovecharla, puesto que no es precisamente su abundancia lo que la caracteriza.
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