miércoles, 17 de marzo de 2010
Puede que no sufra tu olvido, porqué ¿cómo puedo sufrir aquello que nunca he tenido? Quizá en la vida no haya un destino sino un simple echo vivido; que tu voz me cante de nuevo, que bailemos juntos una vez más, que la habitación se invada de palabras para que solo en tus versos puedas amarme, que de fondo haya una música lenta, pausada.. Would you know my name, If I saw you in heaven?; que no tengamos prisa y que se nos coma el tiempo.
lunes, 15 de marzo de 2010
Crees
Crees saberlo todo pero no sabes ni si lloverá. Crees estar disfrutando y ni siquiera sabes lo que es la vida. Crees abrir los ojos pero aún estas soñando despierto. Crees estar en las nubes, pero ni siquiera has aprendido a volar. Crees oler las rosas, pero es diciembre y estas constipado. Crees ser listo, pero te olvidaste la chuleta en casa. Crees ser el más valiente, pero te escondiste cuando tocaba defender al inocente. Crees oír la melodía de la vida, pero tan solo oyes los cláxones y los coches circular por Barcelona. Crees ser el mas fuerte, pero lloraste con Titanic. Crees poder con todo, pero ya te picaron los mosquitos. Crees que no hablo de ti, pero te sentiste identificado.
miércoles, 10 de marzo de 2010
A cuatro mil revoluciones por minuto el corazón del chico se abalanzó sobre ella. Entonces no solo la vio, sino que la miró. Sus pestañas permanecían firmes y sus labios temblaban sin saber que decir. ¿Sería ese el momento adecuado para besarla? Nadie lo sabe, pero lo hizo. En un instante saltó la chispa que les encendió como el sol de verano. Sentían sus cuerpos bailar al son de los latidos y se hicieron grandes a ellos mismos. Él se apartó y la miró por séptima vez. Pensó que eso era algo tan grande que podría haberse multiplicado por diez y no haber estado tan feliz. Suerte que ella tenía sobre él un poder aún más extraño, podía hacerle perder la noción del tiempo y volver a ese mismo instante buscando un recuerdo.
A cuatro mil revoluciones por minuto ella pudo ver como el corazón del chico se le abalanzaba. Entonces no solo le vio, sino que le miró. Incluso mas allá. Intentó observar dentro de él y descubrir lo que aún no había descubierto. No hizo falta. Pestañeaba nerviosamente en exceso. Inquieta. Asustada. Ansiosa. Sin prisa. Sin tiempo. Paciente e impaciente a la vez. Sus labios temblaban sin saber que decir. Quizá tampoco hacían falta palabras.
A cuatro mil revoluciones por minuto ella pudo ver como el corazón del chico se le abalanzaba. Entonces no solo le vio, sino que le miró. Incluso mas allá. Intentó observar dentro de él y descubrir lo que aún no había descubierto. No hizo falta. Pestañeaba nerviosamente en exceso. Inquieta. Asustada. Ansiosa. Sin prisa. Sin tiempo. Paciente e impaciente a la vez. Sus labios temblaban sin saber que decir. Quizá tampoco hacían falta palabras.
martes, 9 de marzo de 2010
Recuerdos del viento
Hay soles que brillan cada día, del mismo modo que hay lunas que unas noches crecen y otras decrecen. Pues puede que en el amor sea igual. Aunque hay amores que no son efímeros, tampoco son eternos. Y aunque no sean eternos, son casi imposibles de olvidar. He dicho casi. Porque luego ya depende de si nosotros decidimos colocar las nubes delante porque no aceptamos que esa luz brille cada día. Y sabes que saldrá cada mañana. Por eso te encierras, te torturas a ti mismo porque no le puedes olvidar. Es el recuerdo de algún querer lejano. Que forma parte del pasado pero no quiere dejarse caer en el pozo del olvido. Todos los recuerdos de un amor luchan por sobrevivir. Una lucha constante mas poderosa que tu. Y solo algunas personas son capaces de convertir aquellos soles en lunas. Luego esas lunas crecen, y decrecen. Y vuelven a crecer y a decrecer. Una lucha constante. Hay días que se quedan en mediaslunas, otros en soles. El recuerdo mas poderoso es el de un amor roto, recuerdo que se queda, recuerdo que te apuñala, recuerdo que te lo recuerda cada día. Aprender a vivir sin él es aprender a convivir con la ilusión otra vez. Cuando desaparece, cuando ves que se va desvaneciendo
domingo, 7 de marzo de 2010
Aunque ya me fue suficiente, solo pude descubrir en el reflejo del mar negro de sus ojos oscuros que, en esta maldita historia, él tenía más preguntas que yo. No pestañeaba, y la mirada le temblaba. Rehuía a la mía, como si ocultara algo y temiese que sus ojos le delataran. Durante breves instantes vi el miedo pasar fugazmente por sus pupilas. Deduje que tenia miedo a perderme, pero ni siquiera se atrevía a decírmelo. Mientras, nuestras cuatro frías manos de invierno sujetaban sus respectivas tazas humeantes. Y mientras hablabamos, oía su débil risa, imaginando el rostro, difuminado por el vapor que el café desprendía. Que cerca estaba de él y que lejos me parecía estar. Me limitaba a pasar el dedo por el borde de la taza y llevármelo a la boca, saboreando poco a poco la dulce sensación del caramelo del Café Macciato. A su vez, intentando concentrarme en escuchar sus palabras y no sus labios. Mientras, le miraba. Y él lo sabía. Y yo sé que él lo sabía. Pero mantuve la mirada, intentando descifrar si se estaba dando cuenta de la intensidad de mi mirada, si estaba tratando de leer la dilatación de mis pupilas. Que amargo me supo el café, pero que dulce el momento.
Aún teniendo la lamparita de la mesita encendida, descubrí aquello que tanto anhelaba, avergonzada en un rincón. Acurrucada, la encontré en la semioscuridad de aquella habitación improvisada en un viejo desván. Allí estaba, la esperanza que hace años se perdió entre los sonidos y los grises de un invierno quizá demasiado largo. Aquella que un buen día se largó sin avisar, sin dar las gracias, sin siquiera despedirse. Encontré una chispa, un puñado, un frasquito de ella. Era poca, y quería aprovecharla, puesto que no es precisamente su abundancia lo que la caracteriza.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Escuchar el silencio de tus labios y los gritos de tus ojos. Que me comprendas sin preguntar, y que me preguntes cuando no haya dudas. Que me invadas a retóricas y nos ahorremos las respuestas. Gritarle a Febrero que deje ya de llorar. Y pedirle que me abraces sin un porqué. Conocerte de nuevo. Que me beses por primera vez. Que me recites poesía con la mirada. Pausado. Sin prisa. Sin tiempo. Marcando el ritmo con las pupilas. Describiendo cada verso con el brillo de tus ojos. Y me sostengas la mirada. Y me rinda ante la tuya. Tú ganas… Que me regales una flor sin olor y me perfumes con palabras. Que enmudezcas a media frase, y valoremos el silencio. O no; mejor que sigas. Si, mejor. Pero que no tenga sentido lo que estés diciendo. Y que nos dé igual. Y que nos haga gracia. Que decidamos improvisar. Que nos volvamos locos, si es que no lo hemos estado ya.
Era un día de lluvia. Apenas se oía el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. Rick Ross a toda ostia en el salón. Me dirigí a coger una taza de té y el paquete de Marlboro, parecía mentira pero era mejor estar sola esos días. El día anterior me dispuse a ir por las aglomerantes calles de las ramblas, allí me sentía bien, mucha gente, diferentes personalidades, diferentes maneras de pensar, de ver, era todo distinto. Pero ese día caía una fuerte lluvía y apenas se veía gente, esa bajada era triste, melancólica, y lo único que hice fue quedarme sentada debajo de un portal. No sabía qué era lo que me ocurría, pero algo tenía que ser...
Tengo miedo a los altibajos, a los baches. Tengo miedo a lo desconocido, pero me despierta la curiosidad. Tengo miedo a la oscuridad, pero siempre hay una pequeña luz que lo deja ver todo. Le tengo pánico a las despedidas, pero aún más a las distancias. Le tengo envidia a toda aquella persona que lo sabe todo, pero en verdad la admiro
Tengo miedo a los altibajos, a los baches. Tengo miedo a lo desconocido, pero me despierta la curiosidad. Tengo miedo a la oscuridad, pero siempre hay una pequeña luz que lo deja ver todo. Le tengo pánico a las despedidas, pero aún más a las distancias. Le tengo envidia a toda aquella persona que lo sabe todo, pero en verdad la admiro
Caminaban sin rumbo fijo, a la espera de un sentimiendo oculto entre la brisa marina de aquel atardecer. A cada paso que fijaban, los problemas caían unos destrás de otros, quedando así enterrados bajo la arena, toda clase de malentendidos entre ambos. Se embarcaban en una nueva vida, llena de esperanza y optimismo, de ilusión por compartir, de amor por concebir.
Cada vez que él la miraba, se podía prever como la devoraba con miradas. Ella se sentía atónita, a la vez que aquel resplandor que quedaba del dulce atardecer relampagueaba contra su rostro, entreviendo una tímida sonrisa por su parte y un intenso brillo en sus ojos.
Con el paso del tiempo, él aprendería pequeños detalles e ilusiones de ella, y ésta compartiría sus mas bellos momentos junto a él. Ambos descubrirían un pequeño pretexto para vivir, un pequeño y dulce sueño con el que reestablecer sus vidas desembarcando todo lo pasado y vivido y dejando entrar a lo nuevo, como si fuera una pequeña y miserable excusa para ser felices.
Cada vez que él la miraba, se podía prever como la devoraba con miradas. Ella se sentía atónita, a la vez que aquel resplandor que quedaba del dulce atardecer relampagueaba contra su rostro, entreviendo una tímida sonrisa por su parte y un intenso brillo en sus ojos.
Con el paso del tiempo, él aprendería pequeños detalles e ilusiones de ella, y ésta compartiría sus mas bellos momentos junto a él. Ambos descubrirían un pequeño pretexto para vivir, un pequeño y dulce sueño con el que reestablecer sus vidas desembarcando todo lo pasado y vivido y dejando entrar a lo nuevo, como si fuera una pequeña y miserable excusa para ser felices.
Miedo

Una taza de café, unas cuantas hojas en blanco, un bolígrafo y un par de mantas tiradas por encima. Empiezo a escribir, pero parece que no me sale ni una miserable letra. Incluso en este momento sigo sintiéndome como hace un tiempo, aturdida por el pánico, por el miedo, por el dolor. A veces me gustaría desaparecer por un tiempo, irme lejos, muy lejos, donde nadie me encontrara, un sitio donde solo estuviéramos tu sonrisa y yo, un sitio, en algún lugar del mundo, en cualquier rincón de la más diminuta ciudad, donde pudiera ser quien soy, quien quiero ser. Pánico, miedo, opresión, angustia... Me siento como si estuviera dentro de una caja con miles de vueltas de un precinto casi irrompible, al que nadie puede hacer un simple corte y que se desprenda, el que ni yo misma puedo deshacerlo, pero sin embargo, tú si podrías, tu harías que todo este pánico que siento desapareciera, se esfumara con el viento, desapareciera con la lluvia y se extinguiera en la nieve. Cada historia tiene su comienzo y su final, pero yo haré que ésta, acabe con un para siempre.
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