domingo, 7 de marzo de 2010

Aunque ya me fue suficiente, solo pude descubrir en el reflejo del mar negro de sus ojos oscuros que, en esta maldita historia, él tenía más preguntas que yo. No pestañeaba, y la mirada le temblaba. Rehuía a la mía, como si ocultara algo y temiese que sus ojos le delataran. Durante breves instantes vi el miedo pasar fugazmente por sus pupilas. Deduje que tenia miedo a perderme, pero ni siquiera se atrevía a decírmelo. Mientras, nuestras cuatro frías manos de invierno sujetaban sus respectivas tazas humeantes. Y mientras hablabamos, oía su débil risa, imaginando el rostro, difuminado por el vapor que el café desprendía. Que cerca estaba de él y que lejos me parecía estar. Me limitaba a pasar el dedo por el borde de la taza y llevármelo a la boca, saboreando poco a poco la dulce sensación del caramelo del Café Macciato. A su vez, intentando concentrarme en escuchar sus palabras y no sus labios. Mientras, le miraba. Y él lo sabía. Y yo sé que él lo sabía. Pero mantuve la mirada, intentando descifrar si se estaba dando cuenta de la intensidad de mi mirada, si estaba tratando de leer la dilatación de mis pupilas. Que amargo me supo el café, pero que dulce el momento.

1 comentario:

  1. Agradeceria que se citaran las fuentes de los textos. Muchas gracias y un abrazo,
    Gemma.

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